San Francisco nació de un hato en El Bajo
Texto: Mélida Briceño Los molinos de viento, las barbacoas de cebolla y los árboles de dividivi fueron pioneros. Primero se llamó La Punta de Don Francisco. A mediados de 1900 se crea la primera escuela.
Es a finales de 1700 cuando se empieza a asentar las familias que vienen de los Andes, Falcón y Maracaibo, todos afanados en buscar una tierra para echar raíces. Según archivos del Registro Civil, fueron los padres franciscanos, en 1786, quienes se asentaron en el primer hato, ubicado en lo que hoy es El Bajo, con la intención de evangelizar a los indígenas locales. Después de ésto, nacen más de 100 hatos a lo largo de la orilla del Lago y ya la población se hizo numerosa para finales de 1800. Nacen las primeras escuelas, aunque no como instituciones, sino que se dictaban clases en las casas de familias que prestaban los espacios. La escritora y docente Ada Ferrer, autora del libro Al transcurrir el tiempo surgió San Francisco, cuenta que “ya para 1869 existen las escuelas, pero la primera edificación escolar fue la Escuela para Varones Gran Mariscal de Ayacucho, fundada en 1937, por Jesús Enrique Lossada”. Un año después se crea la Escuela de Niñas Carmela Quintero, también ubicada en El Bajo. El primer nombre que se le da al poblado es La Punta de Don Francisco —según relata la escritora Ferrer— ésto se remonta a 1736, pues en ese entonces existía el hato de Francisco de Lizaurzábal y llevaba este mismo nombre. Posteriormente fue vendido a un hacendado que también se llamaba Francisco. Los abuelos recuerdan a este último como un hombre muy bondadoso y querido por dejar a los campesinos sacar agua de un pozo que tenía el hato. Es por ello que finalmente le dicen San Francisco.
El dividive formaba parte de la vida comercial de los habitantes, se trata de un árbol que cosecha una semilla, la recogían en sacos y luego las vendían para teñir telas. “Los primeros zapatos que usé me los compré con la venta del dividive. Éramos muy pobres y tuve que recoger un saco completo para poder tener mis zapaticos, eran de colores y eso era un lujo en ese tiempo. Se la vendíamos a los graneros y éstos a los compradores que venían de Inglaterra, Francia e Italia. Con ese dinero comíamos una semana”, recuerda la abuelita.
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