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Lo que quedó de Santa Lucía

 

Texto: Keila Vílchez

 

Un vistazo a la vida cotidiana en la popular parroquia marabina. Sentarse en los enlosaos y asistir a las mismas escuelas aún se mantienen como vestigios del antiguo Empedrao.

Santa Lucía Barrio El Empedrao Maracaibo Foto: PanoramaMaracaibo, 30 de Mayo de 2009.- Son las 4:30 de la madrugada. El sol aún espera por salir, pero ya hay movimiento en las casas de caña y barro que aún quedan incrustadas en las estrechas calles de Santa Lucía, que data de mediados del siglo XIX.

Muchas han perdido la esencia de su arquitectura tradicional por fuera, pero dentro la gente es la misma, que hoy alcanza una población de aproximadamente 40 mil personas.

Se asoman los rayos del sol y Nancy Josefina Pineda, de 59 años nacida en El Empedrao, sale a barrer el alto enlosao de su colorida casa, mientras los baldes en el patio se llenan de agua potable, que utilizará todo el caluroso día, luego que el suministro se vea interrumpido, lo que no pasa con el resto de los servicios.

Nancy ya tiene el café colado para ser servido a cualquier vecino, que se detenga a saludarla en su faena.

A dos cuadras de allí, entre las calles San Luis y Jugo, Carmen Elvira Dama, luciteña desde hace 95 años, se sienta en su mecedor en medio de la sala de su casa. Con la ventana abierta, recuerda cómo —hace cinco décadas— a esa misma hora bien trajeada, emprendía su caminata hasta la iglesia a escuchar la misa de domingo. Religiosidad que ha mantenido y de la que los nacidos en este pedacito de la Maracaibo tradicional se sienten orgullosos.

Santa Lucía El Empedrao Maracaibo Foto: PanoramaLa mañana sigue su curso. Los niños con sus uniformes caminan hacia la escuela Pichincha y la Ildefonso Vásquez. Esta última, diagonal a la iglesia, ha visto formar por 60 años a los luciteños. En los frentes de las casas, las madres, con las batas de dormir aún puestas, esperan perderlos de vista para meterse a continuar los oficios del hogar.

Ender Bracho, un politólogo de 48 años, a quien conocen como Gacholina, cuenta que él —igual que cientos de lugareños— aprendió a leer y escribir en las escuelitas.

“Cuando salí de la escuelita ya sabía dividir, y al llegar al colegio Ildefonso, me pusieron las manzanitas para sumar en los cuadernos y no entendía”, dijo en la plaza Los Sapos, una de las 10 que tiene Santa Lucía.

La época de las escuelitas atendidas por las señoritas Villalobos, en la calle Casanova y por Sirita, en la Flor del Norte, quedó como vestigio.

Así como huellas del pasado quedaron las antiguas rutas de transporte, que en un momento pasaron por el lugar. La línea de los buses de San Luis y de Valle Frío recorrían las viejas calles empedradas. Ahora ninguna ruta entra al barrio, los luciteños tienen que caminar hasta las avenidas Bella Vista y El Milagro para tomar las líneas de transporte que pasan por allí.

Las bodegas, o pulperías, como eran conocidas, abren sus ventanas a las 8:00 de la mañana. Pero el trabajo fuerte del bodeguero es a las 10:00 cuando Nancy y las amas de casa luciteñas salen a comprar el “salado”. Dejan atrás el rápido desayuno con mandocas y café, aunque a veces el famoso “con leche” solito les basta a muchos para salir a trabajar.

Con cotizas y los rollos sin bajar de sus cabelleras, las mujeres caminan apresuradas con las bolsas plásticas a hacer el almuerzo, que debe estar listo a las 12:00 del mediodía.

Jairo Pérez Leiva, cronista de Santa Lucía, El Empedrao Maracaibo - Foto: Panorama“En una calle había dos y cuatro tiendas. Hoy la actividad se ha mantenido porque en todas las calles se consiguen casas que venden refrescos, café, cigarro, arepas, almuerzos”, dijo Jairo Pérez Leiva, cronista de Santa Lucía.

Mientras otros sentados en las plazas, se refugian del sol entre la poca sombra de los árboles, y observan cómo sus vecinos realizan los quehaceres al final de la mañana.

Los albañiles, carpinteros y plomeros regresan a almorzar bollitos pelones, albóndigas o carne mechada, todo depende del “salado” que consiguen en la tienda.

Casi sin parar, siguen con su oficio. Oficios estos que han pasado de padres a hijos y luego a sus nietos. “Aquí hay costureras que aprendieron con la práctica, porque su mamá fue costurera”.

Doce horas después del despertar de los luciteños, las señoras salen a regar las jardineras o de nuevo a barrer. Unas, en la avenida 3A, se sientan en los enlosaos. “¿Cómo estáis Pastelito...?”, le interrumpen el andar a cualquiera. El humor siempre reina en sus conversaciones.

“La gente que se detiene no es porque somos brolleros, ésta es una forma de solidaridad, de estar presente con el amigo. Pues, más que un vecino, se convierte en un familiar; así se ha transmitido desde sus bisabuelos y se trata de ser fieles a esos valores, y de éso nos sentimos orgullosos”, dice el cronista.

Así pasa la tarde, la caída del sol es inminente. La noche en el bulevar es bien iluminada, pero ya son pocos los lugareños que aguardan en los frentes, pues le temen a la inseguridad. Caso contrario a lo que ocurría en los años de juventud de Diego Arria, quien atiende la bodega La Sorpresa. “Antes se hacía una fiesta y entraba todo el que pasaba”.

Aún hay quienes se sientan en los enlosaos a beberse unas cervecitas, otros prefieren hacerlo en los patios de las largas casas. “Es parte de la idiosincrasia que cultivó el luciteño, pues teníamos muy cerca la cervecería Zulia, en El Milagro. Incluso, hubo muchos bares, pero hoy no existen”, contó Pérez Leiva.

A pesar de los cambios en la ciudad , la gente de Santa Lucía es, en espíritu, la misma del barrio de ayer. Muchos se fueron, pero regresan porque “los viejos” no salen de sus casas a “menos que sea para el cementerio”, cuenta el cronista.

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