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Homero Montes: “Ser actor no es un don, es una esencia de ti”

 

Texto: Zuheilly A. Ferrer

Homero Montes, reconocido actor de la ciudad, celebrará hoy el Día Internacional del Teatro representando a “Fredefinda” en “Señoras de Maracaibo”.

Homero Montes, reconocido actor de la ciudad, celebrará hoy el Día Internacional del Teatro representando a “Fredefinda” en “Señoras de Maracaibo”. Foto: PANORAMAMaracaibo, 27 de Marzo de 2010.- Homero Montes es uno de los “elegidos divinos” para desempeñar el oficio de las artes escénicas. Es uno de los primeros actores de la ciudad que no sólo es reconocido por su calidad histriónica, sino por ser uno de los artistas que comandó la otrora Sociedad Dramática, uno de los grupos más importantes del Zulia.

Es un maestro. Vibra en el escenario con cada personaje que interpreta y sigue siendo el mismo “faramallero” de siempre, a pesar de haber estado estado 12 días en la Unidad de Cuidados Intensivos con una insecticemia en el 93% de su cuerpo.

“San Pedro me dijo que me devolviera porque le iba a contaminar a los ángeles”, bromea el actor mientras sostiene el bastón que lo ayuda a caminar.

Sus ocurrencias no tienen fin. Cualquier conversación le sirve para alimentar a “Fredefinda Chiquinquirá Villalobos viuda de Bracho”, el personaje que más satisfacciones le ha dado y que forma parte del monólogo Soliloquio de la vieja.

Ahora, con su historia reforzada, se prepara para celebrar hoy el Día Internacional del Teatro sobre las tablas del Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, a las 7:30 de la noche. Es el invitado especial en la obra Señoras de Maracaibo.

—Regresa al escenario con “Fredefinda”, su personaje más famoso, y con una de las obras que, a casa llena, ha alcanzado excelentes críticas, ¿revive sus años dorados?

—Pues sí. Yo siempre he dicho que aquí hay cultura para el teatro, para el buen teatro. Cuando son mediocres nadie los ve pero, si la calidad de los actores y de los productores es de alto nivel, tendrán siempre la sala a punto de reventar. Esa es la fórmula del éxito para obras como “Señoras de Maracaibo”.

—Obviamente el humor que se maneja en Maracaibo marca la diferencia dentro y fuera de una escena, ¿usted cree que personajes como el de Fredefinda tendrían el mismo éxito fuera de la región?

—Me recordaste que una vez llevé este personaje a San Cristóbal y me preguntaba por qué veía todas las caras largas y serias. Comprendí allí, improvisando con el monólogo para adaptarlo al acento andino, que Maracaibo tiene algo especial. Será el calor, el mollejero, la gritería o el pleito de las viejas brolleras, pero aquí germina el humor más sabroso de toda Venezuela.

—Por cierto, ¿“Fredefinda” sigue siendo brollera?

—Ay mija. El problema es que como ella trabaja como costurera allá en El Empedrao’ los chismes le caen solos. Ella no es brollera, sólo dice lo que oye. Ahorita anda con el agite porque anda con dolor en las várices y, pa’ completar, bañándose sin luz con una totuma se josicó y se esfloretó el talón. Anda fregá por todos lados. Ya no haya qué pasarle.

—¿De dónde saca Homero tantas historias?

—De la mera observación.

—Como “Fredefinda”, dice lo que oye...

—(Risas) Sí. Los personajes se alimentan de eso. Por ejemplo, hace unos días sentado en el frente de mi casa, estaba viendo que ahora todos los muchachos se dicen ‘mari...’ y las mujeres para pelear te salen con un ‘¡a mis cojo...!’ Nada me lo invento. Todo lo reproduzco (Risas).

—¿Consideraría a la vieja escuela de actuación muy distinta a la actual?

—Las nuevas escuelas cuentan ahora con más técnicas de actuación, pero con el mismo presupuesto pichirre de mis tiempos. Hacen falta escuelas para pulir los talentos que tenemos en la ciudad porque ser actor no es un don, es una esencia de ti.

—Al salir del cuadro crítico de salud en que se encontraba, ¿pensó que iría a regresar al escenario?

—En un principio dudé, pero aquí sigo actuando en mi propia historia. Descubrí que muchos me quieren, no sé ni cómo, pero me quieren. Mi función empezó cuando mi profesora Inés Laredo me dijo: “El telón está abierto para ti”. Aún no se ha cerrado gracias a Dios y a San Pedro. Aún no quieren que de clases allá arriba.

Pasión y vida en las tablas

Silanny Pulgar

Las tablas han sido su hogar. Sin importar las dificultades por las que han tenido que pasar, los actores y directores se han mantenido allí, de pie y todo gracias al amor que sienten por el arte. Sus vidas están llenas de las tristezas y de las alegrías que han tenido que sentir a la hora de interpretar un papel, por eso se puede decir que son mil personas y una a la vez. Aun así son tan comunes como un obrero o como un doctor.

En el Día Internacional del Teatro, La Verdad muestra las pasiones y los problemas que envuelven a quienes viven por el arte de montarse en los escenarios.

Los aplausos han sido su mayor y mejor forma de pago. Para ellos no es un secreto que en la ciudad difícilmente se puede vivir de hacer teatro, sin embargo, el reconocimiento del público ha sido suficiente y les ha servido de empuje para seguir adelante. Jesee Castro, actor y director desde hace cinco años del grupo Ciudadpuertoteatro, sabe lo "maravilloso" que es sentir el agradecimiento de la gente. Aunque piensa que tener 10 años dentro la actuación es poco, reconoce que lo que ha vivido en las tablas es "genial".

Complejo y verdadero

"El teatro tiene su complejidad, pero te envuelve en una magia que no encuentras en cualquier cosa y que no todo el mundo puede sentir. Es algo nato y para mí es lo más verdadero que pueda existir", comentó Castro. Algo parecido es lo que siente Ríchard Uzcátegui, director de Arepa y Cacao, grupo que hoy cumple 34 de años de existencia. El artista que tiene poco más de tres décadas en el teatro guarda muchos "buenos recuerdos" que lo hacen valorar aún más su profesión.

Sabe que el trabajo artístico no los hace millonarios, pero está consciente de que para un amante del arte eso no es lo más importante. "Ganamos algo más hermoso que es la espiritualidad que nos despierta el teatro. Para mí esta profesión es vida, imaginación, justicia, expresión y tesón. Eso es suficiente para vivir".

Por encima de todo

Si hay alguien que sabe de teatro en la ciudad es Homero Montes. Sus 60 años viviendo el arte de las tablas le han permitido pasar por diferentes experiencias. Apenas tenía 15 años cuando decidió cual sería su camino. Aunque para esos tiempos, en 1950, no se veía de buena manera a los actores, Montes se le paró a su padre y le dijo "quiero ser artista". "Él me miró por encima de los lentes y me dijo: 'Si eso es lo que quieres hazlo'. No estaba de acuerdo pero lo aceptó".

El también artista plástico recuerda que poco después su padre lo despertó para mostrarle el periódico donde salió reseñado su talento por primera vez. "Me dijo que lo guardara, que era lo único que me iba a quedar de ser artista y así lo hice". Pero reconoce que su papá no acertó por completo. De su carrera le ha quedado más que muchas reseñas periodísticas. Le ha quedado la satisfacción de una profesión "placentera" de la que no tiene queja alguna.
Son estas, y muchas otras, las razones que mantienen a personas como Montes orgulloso de ser actores y actrices de teatro. Al final, no importan las dificultades que hayan tenido que atravesar cuando se ven los frutos del esfuerzo que se ha hecho para montar una obra y para dejar un mensaje positivo al público, porque para él es para quien vive.


 


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