El escenario está decorado con un gran sofá antiguo de tres puestos y una mesa de centro, larga y adornada con objetos de cerámica. Tres mujeres están sentadas y a un lado, de pie, está la cuarta, todas maracuchas y a juzgar por su vestimenta, amas de casa. Están reunidas rezando, pero al mismo tiempo se miran entre ellas de arriba abajo con miradas destructoras y de envidia. Esa es la forma en la que las Señoras de Maracaibo reciben al público. De inmediato las risas y carcajadas de la audiencia se escuchan como una cadena en reacción al inicio del espectáculo, que desde su comienzo promete entretener al público con humor.
Dalia y
su historia
contada por
teléfono
Primera
escena: Dalia es
una señora
grande y
robusta. Lleva
puesto un
vestido de ama
de casa que deja
ver un medio
fondo debajo de
la falda. En sus
pies tiene unas
pantuflas.
Comienza su
monólogo
tarareando una
canción,
mientras toma
una escoba y
barre, repica su
teléfono y
conversa con una
vecina sobre los
esposos
infieles. Su
historia y la de
su esposo
Riqueldo sale a
relucir. A la
par, Dalia
regaña a sus
hijos a gritos
desde la sala:
“Sacáte la
caraota de la
nariz porque
después te crece
una mata”. “Si
los nervios se
operaran ya se
me hubieran ido
los puntos…”. Y
en la conversa
telefónica, que
se extiende en
su monólogo,
menciona frases
como: “De este
jagüey ni un
guasarapo”.
Mientras
transcurre su
historia, el
público se
identifica con
el lenguaje
maracucho que
caracteriza al
personaje, que
sale de escena
tras “echar una
rezaita”.
Guillermina,
educada para ser
reina
La
siguiente señora
de Maracaibo que
aparece se llama
Guillermina.
“Fui criada para
ser reina”,
dice. Su
apariencia es
menuda, lleva un
velo en la
cabeza que la
hace ver como
una mujer
religiosa, está
más arreglada,
pero con mal
gusto. Lamenta
su suerte porque
después que sus
padres le dieron
todas las
comodidades hoy
se siente
cachifa de su
casa. En su
aparición le
cuenta al
público la
historia de su
vida, de cómo
han cambiado sus
modales después
de haber
aprendido a
decir la palabra
“verga” y de lo
insignificante
que se siente
para su esposo y
sus hijos. Sin
embargo, está
orgullosa de
sentirse la más
cristiana de
todas a pesar
que desde la
infancia la
llaman
“santurrona”.
Sigue al lado de
su esposo Osorio
porque lo
quiere, aunque
él prefiera
jugar caballos y
la haya sacado
de su casa de La
Florida para
llevarla hasta
el barrio Santa
Teresita a pasar
calamidades.
Marucha,
cambiada por una
meretriz
Marucha
Boscán entra en
la sala
corriendo y
dando gritos por
la desesperación
que le produce
“la música del
ros” como la
llama. El rock
le resulta
intolerable:
“cargo una
puntada en el
cerebro”. Y le
ordena a gritos,
a su hija
Jennifer, que la
quite mientras
se unta Vick
Vaporub en la
frente y el
cuello. Recuerda
sus experiencias
en El Naiguatá,
El Catirito y El
Club Alianza,
dónde bailaba al
ritmo de la
Billo’s. Narra
la vez que se
escapó en la
madrugada y ganó
un concurso de
baile que casi
le cuesta un
“viaje” de
correazos.
Marucha huyó con
el padre de sus
hijos, Antonio
Semprún, para
una casa
alquilada cerca
de la Plaza el
Buen Maestro.
Tuvo nueve hijos
y su “marido”,
porque nunca se
casaron, la
abandonó por una
meretriz del bar
El 13 Rojo, con
quien se casó y
le compró una
casa. Él
regresó, pero
ella lo botó a
“manguerazos”.
Caso de la vida
real.
Mística, una
muda que vive de
lavar ropa
La
cuarta señora
sobre las tablas
es Mística, una
muda. Su
historia tampoco
escapa de la
mala suerte.
Entra al
escenario con
una bolsa de
ropa lavada y
planchada, pues
ese es su
trabajo luego de
que el marido,
quien trabajaba
en una
petrolera, le
dijera que iba a
comprar cigarros
y la abandonara
para siempre con
sus cuatro
hijos. Habla con
señas y se
esfuerza para
pronunciar
algunas palabras
mientras intenta
contar la
historia de la
vida que le ha
tocado llevar.
En su juventud
fue muy hermosa
y tuvo muchos
novios. Trabajó
en la Coca-Cola
hasta que se
casó de velo y
corona. Al verse
abandonada por
su esposó,
regresó
caminando, desde
Cabimas, con sus
cuatro hijos.
Llegó a casa de
su amiga
Marucha, porque
sabía que no
tenía esposo, y
levantó a sus
hijos con
trabajo duro.
Hoy se ríe de su
desgracia y la
cuenta como
anécdota. Al
igual que el
resto se despide
rezando.
LOS INTÉRPRETES
- Ricardo Lugo es “Dalia”
“Inspiré el personaje en varias anécdotas de mi familia, me las contó mi madre y hoy se pueden interpretar de forma jocosa, a lo mejor en ese tiempo tuvieron otro sentido. La esencia del personaje es la unión de historias familiares. Es la primera vez que interpreto a una mujer y también es la primera vez que escribo una pieza de teatro”.- Carlos Guevara es “Guillermina Vilchez de Osorio”
“Mi guión lo escribí tomando información de la calle, me basé en la literatura oral que se tranmite de generación en generación. Guillermina es una señora que vivió con muchas posibilidades económicas, pero termina siendo la sirvienta de su casa. La obra también es un homenaje a las mujeres maracuchas que levantan sus hogares”.- Henry Semprún es “Marucha Boscán”
“Por primera vez después de muchos años volví a actuar y decidí que el personaje a interpretar sería mi madre. Mi mamá es una señora de Maracaibo. El guión que escribí es basado en su vida y el personaje es un poco explosivo. Quisimos registrar esa historia local de la mujer y de la señora maracucha popular bajo la dirección de Richard Olivero”.- José Bermúdez es “Mística”
“Mi personaje es una señora muda y por la necesidad de la palabra y de texto recurro al lenguaje de los signos y símbolos. El personaje está basado en algunas anécdotas de la vida real, como es el caso del esposo que dice que comprará cigarros y abandona a la mujer, esa es la historia de una amiga. Elegí que mi personaje fuera mudo por la jocosidad que eso genera”.- Richard Olivero, el director
“Todo inicia con una invitación de Fundrama (Fundación para el Desarrollo de la Dramaturgia Regional) para homenajear a Homero Montes y Fernando Perdomo (fallecido) quienes fueron unos íconos en el teatro zuliano. Ellos interpretaron unos personajes muy arquetípicos de la mujer maracucha. Es un homenaje a estos dos actores”.

Señoras
de Maracaibo, jocosidad sobre las tablas