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Homilía Jueves Santo

Por: Pbro. José Severeyn  F. (Hogar Clínica San Rafael - Maracaibo)

    Comenzó esta tarde, la cena, la última Cena, y Jesús cae por tierra y se abraza a los pies de los Doce apóstoles; los limpia y los besa.

    La última Cena - Leonardo Da Vinci - Siglo XVI - CopiaNo hagamos como Pedro que le dijo a Jesús que no quería que le levara los pies y Jesús le respondió que si no le lavaba los pies no tendría parte con El. Podía haberles besado en el rostro, podía haber abrazado sus cuerpos... Pero un Profeta tiene su propio lenguaje, y con su gesto expresa un Amor rendido que jamás hubiera comunicado un abrazo. Lo importante es que nos dejemos amar por Jesús.

    Luego el Señor toma el pan y el vino, y tocándolos los hace estremecer, y se arranca el alma, el Cuerpo y la Sangre para quedarse escondido en ellos... de allí que cada día de nuestra vida debemos adorar a Jesús en la hostia consagrada, tanto es su amor por nosotros que no quiere salir, no quiere salir...Y se esconde después en las manos de los apóstoles, manos sacerdotales que son las del propio Cristo, oculto para no marcharse...

    Yo tengo a Cristo en mis manos cada vez que celebro la misa, porque no quiere separarse de los hombres, y soy tan necio que no vivo el milagro que se realiza de convertirse el pan en el cuerpo de Cristo, ahora pueden ver cuanto desprecio cada vez que distraídos no adoramos a Jesús durante la consagración. Y acaba la cena, pero no quiere irse... Jesús habla y habla... y por ello podemos leer tres capítulos enteros del evangelio de san Juan que arden en la sobremesa. Acaba el primero, el 14, y hay que marcharse, es el primer discurso de despedida, “no se turben; crean en Dios y crean también en mí.” .

    ¡Un último esfuerzo, que la noche arrecia!: "Levantaos, vámonos de aquí!"... Pero, ya de pie, junto a la puerta se detiene. El Omnipotente Benedicto XVI en el rito del lavado de los pies Jueves Santo - Vaticano 13 Abril 2006no puede, no sabe separarse de los suyos y aún se resiste y sigue hablando. Quisiera congelar la despedida y abrasa dos capítulos más. Nunca le escuché, hasta ese momento, una declaración de Amor explícita; nadie tan pudoroso como Él. Pero, esa noche... Esa noche era la última, y hasta su pudor Jesús depuso para quemar una página de mi evangelio: "Como el Padre me amó, así os he amado yo" (Jn. 15, 9).

    Hay que irse, Dios mío; hay que irse... Y levanta los ojos al cielo pidiendo fuerzas, aún de pie junto al umbral, y abrasa otro capítulo de Juan: el 17... Y se adentra en la noche. Y seguirá en Getsemaní, y se agarrará a las ramas de los olivos, y... ¡Madre mía! ¿Y seguiré yo, Virgen Santa, tan frío mientras Jesús tirita?.

    El arresto de Cristo - Giuseppe Cesari 1596Hemos comenzado pues a conmemorar y a vivir los acontecimientos de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. El heroísmo de la caridad de Jesús, Dios y hombre, queda patente ante sus discípulos durante la Última Cena como lo hemos dicho ya. Un amor de Dios a los hombres más allá de toda comprensión humana. Por los ojos les entró a los Apóstoles que vino a servir, cuando realizó por ellos la tarea de lavarles los pies que era propio de los sirvientes o esclavos. Su amor por nosotros fue tal que se entregó, Él mismo: con su cuerpo, con su sangre, con su alma y con su divinidad, como alimento para todas las generaciones. Así lo había anunciado poco tiempo antes en la sinagoga de Cafarnaún, ante el escándalo de la mayoría de sus oyentes.

    Sin embargo, nuestro Salvador fue intransigente: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

    No tenemos los cristianos, por consiguiente, ninguna duda de que la vida que espera Dios de nosotros por Jesucristo no puede ser solamente una vida humana de obras perfectas, por el intento tal vez de imitar la conducta de Jesús. ¿Tendría acaso el hombre con sus solas fuerzas, por perfectas e insólitas que fueran, la capacidad de trascender hasta la divinidad? Pues en ese ámbito nos quiere Dios desde el principio como hijos que somos: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron, les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios”.

    Así se expresa san Juan al comienzo de su evangelio, en una página gloriosa, síntesis insuperable de la realidad de Jesucristo y el sentido genuino de la vida de los hombres. Los hombres solos pues, no somos capaces de llegar hasta donde Dios espera, por mucha que sea nuestra perfección e incansable nuestro empeño. Es necesario continuar hablando con Dios por medio de la oración para alcanzar la humildad necesaria y de esa manera encontrarnos un día con nuestro Salvador.


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