El mundo rinde tributo a la Madre Teresa de
Calcuta en el centenario de su nacimiento
India.
26 de Agosto de 2010.- Si la Madre Teresa de Calcuta viviese,
hoy estaría celebrando un siglo de existencia. Nacida en Uskub
(actual Macedonia), un 26 de agosto, Agnes Gonxha Bojaxhiu vino al
mundo en el seno de una familia católica albanesa, como hija de
Dranafile Bojaxhiu, una ferviente religiosa que despertó en ella su
vocación misionera a los doce años. Su padre fue Nikolle Gonxha, un
activista político que murió prematuramente, a los 41 años, cuando
Agnes tenía apenas la edad de 9.
Si bien el 26 de agosto de 1910 se tiene como la
fecha de su nacimiento, ella consideraba como su día de cumpleaños
el 27 de agosto, por ser el día en que fue bautizada, y como fecha
de nacimiento 1946, cuando se inició asiduamente en la religión.
De niña, Gonxha entró a la Congregación Mariana
de las Hijas de María, que tenía una filial en su parroquia. Desde
allí inició su actividad de asistencia a los más necesitados. Ella
se fue de su casa para unirse como misionera junto a las Hermanas
Loreto, y jamás volvió a ver a su madre y a su hermana.
Como quería ser misionera en la India, embarcó
hacia Bengala, donde cursó estudios de magisterio y eligió el nombre
de Teresa para profesar. Ejerció como maestra en la St. Mary's High
School de Calcuta hasta 1948, año en que obtuvo la autorización de
Roma para dedicarse al apostolado en favor de los pobres.
En 1950 la Madre Teresa de Calcuta fundó la
Congregación de las Misioneras de la Caridad, aprobada en 1965 por
Pablo VI. Las integrantes de esta congregación, que debían sumar a
los votos tradicionales el de la dedicación a los “más pobres de
entre los pobres”, lograron una rápida implantación en la India y en
otros casi cien países del mundo.
Por su parte, la fundadora se movilizó contra el
aborto y la eutanasia, en consonancia con la doctrina pontificia de
Juan Pablo II.
En 1972 la Madre Teresa de Calcuta recibió el
Premio de la Fundación Kennedy, y en 1979, el Premio Nobel de la
Paz, cuyo beneficio económico donó a los pobres.
En 1986 recibió la visita de Juan Pablo II en la
Nirmal Hidray o Casa del Corazón Puro, fundada por ella y más
conocida en Calcuta como la Casa del Moribundo.
Entre 1986 y 1987 le aquejaron varias molestias
cardiacas, al punto de operarse para recibir un marcapasos
artificial. En el 91 logró superar una neumonía y su padecimiento
del corazón persistía. Para el 93 sufrió una congestión pulmonar que
le provocó mucha fiebre. En abril del 96 se cayó y se fracturó la
clavícula; esto, antes de contraer malaria y una infección en uno de
sus pechos.
Falleció el 5 de septiembre de 1997, víctima de
un paro cardíaco. Miles de personas de todo el mundo se congregaron
en la India para despedir a la Santa de las Cloacas, como le
llamaban en la India.
El Vaticano dijo que el Papa Juan Pablo II fue
notificado rápidamente de la muerte de la religiosa y de inmediato
oró por ella. Él planeó celebrar una misa In Memoriam el sábado en
Castelgandolfo, su residencia de verano, a las afueras de Roma.
“La Madre Teresa alumbró una llama de amor, que
sus hermanas y hermanos deben continuar alimentando ahora. El mundo
tiene tanta necesidad de esta llama... aprendió a ver la cara de
Dios en el rostro de todo ser humano. Es preciso que hombres y
mujeres, en todas partes, continúen su obra. Los pobres están
siempre con nosotros... Deben figurar en el centro de nuestras
preocupaciones personales, de nuestra acción política, de nuestros
votos religiosos”, dijo el Papa Juan Pablo II, cuando la beatificó,
en 2003.
Además del Nobel de la Paz, la Madre Teresa de
Calcuta fue honrada con el Premio Kennedy en 1971; en Venezuela, la
Orden del Libertador , en 1979; en 1994, la Medalla de Oro del
Congreso, en Estados Unidos; entre muchos otros.
Hogar y Familia por madre Teresa de Calcuta
La paz y la guerra comienzan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, Empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro, precisamos que toda familia viva feliz.
Algunos padres están llenos de amor y de ternura hacia sus hijos. Recuerdo el ejemplo de una madre que tenía doce hijos. La más pequeña de todos, que era niña, estaba afecta de una profunda minusvalía. Me resulta difícil describir su aspecto, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Cuando se me ocurrió brindarme a acoger a la niña en uno de nuestros hogares, donde teníamos otros en condiciones parecidas, la madre prorrumpió en sollozos: –¡Por Dios, Madre Teresa, no me diga eso! Esta criatura es el mayor regalo que Dios ha hecho a mi familia. Todo nuestro amor se centra en ella. Si se la lleva, nuestras vidas carecerán de sentido.
No deberíamos vivir en las nubes, en un nivel de superficialidad. Deberíamos empeñarnos en comprender mejor a nuestros hermanos y hermanas. Para comprender mejor a aquellos con quienes convivimos, es necesario que antes nos comprendamos a nosotros mismos. Jesús, nuestro modelo en todo, lo es también en la obediencia.
Yo estoy convencida de que siempre pedía permiso para todo a María y a José. En Jesús, María y José, los integrantes de la Sagrada Familia de Nazaret, se nos brinda un magnífico ejemplo para la imitación. ¿Qué fue lo que hicieron? José era un humilde carpintero ocupado en mantener a Jesús y María, proveyéndoles de alimento y vestido: de todo lo que necesitaban para subsistir. María, la madre, tenía también una humilde tarea: la de ama de casa con un hijo y un marido de los que ocuparse.
A medida que el hijo fue creciendo, María se sentía preocupada porque tuviera una vida normal, porque se sintiera a gusto en casa, con ella y con José. Era aquél un hogar donde reinaban la ternura, la comprensión y el respeto mutuo. Como he dicho: un magnífico ejemplo para nuestra imitación.
Hoy todo el mundo da la impresión de andar acelerado. Nadie parece tener tiempo para los demás: los hijos para sus padres, los padres para sus hijos, los esposos el uno para el otro. La paz mundial empieza a quebrarse en el interior de los propios hogares. De vez en cuando deberíamos plantearnos algunos interrogantes para saber orientar mejor nuestras acciones.
Deberíamos plantearnos interrogantes como éste: ¿Conozco a los pobres? ¿Conozco, en primer lugar, a los pobres de mi familia, de mi hogar, a los que viven más cerca de mí: personas que son pobres, pero acaso no por falta de pan? Existen otras formas de pobreza, precisamente más dolorosa en cuanto más íntima. Acaso mi esposa o mi marido carezcan, o carezcan mis hijos, mis padres, no de ropa ni de alimento. Es posible que carezcan de cariño, porque yo se lo niego. ¿Dónde empieza el amor? En nuestros propios hogares. ¿Cuándo empieza? Cuando oramos juntos. La familia que reza unida permanece unida.Muchas veces basta una palabra, una mirada, un gesto para que la felicidad llene el corazón del que amamos.
A veces, cuando tropiezo con padres egoístas, me digo: “Es posible que estos padres estén preocupados por los que pasan hambre en África, en la India o en otros países del Tercer Mundo. Es posible que sueñen con que el hambre desaparezca. Sin embargo, viven descuidados de sus propios hijos, de que hay pobreza y hambre de naturaleza diferente en sus propias familias. Es más: son ellos quienes causan tal hambre y tal pobreza”.
Empieza diciendo una palabra amable a tu hijo, a tu marido, a tu mujer. Empieza ayudando a alguien que lo necesite en tu comunidad, en tu puesto de trabajo o en tu escuela... El mundo está saturado de sufrimientos por falta de paz. Y en el mundo falta paz porque falta en los hogares.
El amor empieza al dedicarnos a aquellos a quienes tenemos a nuestro lado: los miembros de nuestra propia familia. Preguntémonos si somos conscientes de que acaso nuestro marido, nuestra esposa, nuestros hijos, o nuestros padres viven aislados de los demás, de que no se sienten queridos, incluso viviendo con nosotros. ¿Nos damos cuenta de esto? ¿Dónde están hoy los ancianos? Están en asilos (¡si es que los hay!). ¿Por qué? Porque no se los quiere, porque molestan, porque...
La mujer ha sido creada para amar y ser amada. La mujer es el centro de la familia. Si hoy existen problemas graves, es porque la mujer ha abandonado su lugar en el seno de la familia. Cuando el hijo regresa a casa, su madre no está allí para acogerlo.¿Cómo podremos amar a Jesús en el prójimo si no empezamos por amarlo en las personas que tenemos a nuestro lado, en nuestro propio hogar?
No es necesario desplazarse hasta los suburbios para tropezar con la carencia de amor y encontrar pobreza. En toda familia y, vecindario existe alguien que sufre. Hacedme caso: si no prestáis un sacrificio gratuito a quienes están a vuestro lado, tampoco se lo podréis ofrecer a los pobres.
La palabra “amor” es tan mal entendida como mal empleada. Una persona puede decir a otra que la quiere, pero intentando sacar de ella todo lo que pueda, incluso cosas que no debería. En tales casos no se trata en absoluto de verdadero amor.
El amor verdadero puede llegar a hacer sufrir. Por ejemplo, es doloroso tener que dejar a alguien a quien se quiere. A veces puede incluso tenerse que dar la vida por alguien a quien se ama.
Quien contrae matrimonio tiene que renunciar a todo lo que se opone al amor a la otra parte. La madre que da a luz a un hijo sufre mucho. Lo mismo sucede con nosotras en la vida religiosa: para pertenecer por completo a Dios tenemos que renunciar a todo: solo así podemos amarlo verdaderamente.
Si queremos verdaderamente la paz, debemos adoptar una resolución firme: no consentir que un solo niño viva privado de amor.
Me temo que no existe conciencia de lo importante que es la familia. Si se instalase el amor en el interior de la familia, el mundo cambiaría para bien. Los jóvenes de hoy, como los de cualquier tiempo, son generosos y buenos. Pero no debemos engañarlos estimulándoles a consumir diversiones.
La única manera de que sean felices es ofrecerles la ocasión de hacer el bien. El amor comienza por el hogar. Si la familia vive en el amor, sus miembros esparcen amor en su entorno.
Señor, enséñame a no hablar como un bronce que retumba o una campanilla aguda, sino con amor. Hazme capaz de comprender y dame la fe que mueve montañas, pero con el amor. Enséñame aquel amor que es siempre paciente y siempre gentil: nunca celoso, presumido, egoísta y quisquilloso. El amor que encuentra alegría en la verdad, siempre dispuesto a perdonar, a creer, a esperar, a soportar.
En fin, cuando todas las cosas finitas se disuelvan y todo sea claro, haz que yo haya sido el débil pero constante reflejo de tu amor perfecto.