Brisas del Norte

por Enault Tudares Acurero

 

 



Santa Lucía en un enlosao

Por Enault Tudares A.

 Es la mañana del viernes en el Barrio El Empedrao – de hace 20, 30, 40 ó 50 años atrás- y las tiendas comienzan a abrir sus pesadas puertas de madera, bien tempranito. Eran sitios donde las señoras iban a chacharear, a comprar el desayuno (torticas y mandocas) y “el salao” para el almuerzo para alimentar a su marido y a sus hijos – si era casada – y si era quedada – a sus hermanos, padres y sobrinos.

Antonio y Tele tenían botellitas y potecitos marcados con los nombres de sus mejores clientes colgados al frente del mostrador, donde le echaban su ñapa de semillas de maíz para luego contarlas y darles la “vená”, según lo cuantioso de sus compras En estos sitios – anteproyectos de los actuales supermercados – era muy común oír: “Dame cuatro cobres de azúcar y un cobre vuelto”.

Entre tanto los niños iban por las aceras, que asemejaban zigzag en un sube y baja: se divertían saltando de un enlosao a otro en compañía de sus padres, con sus tabureticos en la mano para ir a la escuela de Cirita Ávila en la Calle Santa Isabel, o a la de Adrianita en Federación, o a la que quedaba en la Calle Casanova , la de la señorita Ángela, sitios donde le enseñaban a los niños por primera vez las letras y los números con el libro de Mantilla y el libro primario de Alejandro Fuenmayor, además de las buenas costumbres con el Manual de Carreño.

Ellas eran maestras que aplicaban disciplina con reglazos en las manos, o jalones de oreja, a los que sus discípulos temían cuando niños, y agradecían cuando eran grandes. Los más grandecitos se dirigían a la Escuela Pública , la del Dr. Caracciolo Parra, hoy la Ildefonso Vásquez , diagonal a la Iglesia de Santa Lucía, donde se realizaba el Acto Cultural de los 7 Colores. Para tal acontecimiento Delia y mi mamá Adalceinda, eran vestidas con los trajes de tul, moldeados como para bailarinas, y de diferentes matices, cada color enarbolaba un verso y en uno de ellos se leía: “Que digan que sí, que digan que no, entre los 7 colores, el mío es el mejor” y entonces bailaban valses venezolanos entonados por los Hermanos Martínez.

MISS ALSINA, MISS OLGA Y MISS MARY: Los que podían pagar iban a las escuelas privadas, el Colegio Sucre era el mejor, situado primeramente diagonal a la Beneficiencia , hoy Hospital Central, y luego se mudaron a escasos metros de la Bomba de Gasolina La Calzada , en la misma Avenida El Milagro. El Instituto fue fundado por la puertorriqueña Miss Alsina y posteriormente dirigido por Miss Olga y Miss Mary; de ellas los luciteños aprendieron el uso del Miss para llamar la atención de alguna profesora, y allí se enseñó por primera vez el inglés como asignatura.

Víctor Luján, con su camioneta ranchera color anaranjado, servía de transporte a los muchachos, y tenía la costumbre de llevarlos cada 16 de julio a dar gracias a la Virgen del Carmen, en su dia, por haber culminado con éxito su año escolar. Frente a la Placita de La Muñeca , la señora Graciela y su hija, Miss Consuelo, impartían también sus conocimientos.

CAMPANADAS LUCITEÑAS: Paulino, sacristán de Santa Lucía, entonaba el toque de campanas que avisaban que en la Iglesia se iba a realizar un funeral, o a las 6 de la tarde cuando con toques de una sonoridad específica indicaban el inicio de la Santa Misa. Paulino – quien fue sustituido, después de su muerte años más tarde por Agustín, que aprendió también el arte de tocar las campanas – era ahijado de Monseñor Castellano- el Padre Castellano, como lo llamaban los feligreses, quien montado en el púlpito llamaba la atención a las señoras y señoritas con respecto al recato que debían mostrar en la vestimenta al asistir a la Iglesia , y sobre todo al confesarse y comulgar. Las señoritas debían llevar una blusa cerrada y a media manga para asistir a la confesión y a la comunión.

CHAPLIN EN EL CINE LAGO: Cuando el crepúsculo apuntaba al altar, los jóvenes y otros no tanto, se preparaban para asistir al Cine Lago, que era propiedad de la hermana del Catire Boscán, situado en La Nueva Venecia. En ese cine que tenía palco y demás, Pedro Infante, María Antonieta Pons, Tito Guizar, los Hermanos Soler y “Chaplin” con acento en la “i” como lo pronunciaban los marabinos. Deleitaban a propios y visitantes. En esa sala se estrenó “Lo que el viento se llevó” y Rebeca, que venía de La Cañada , se enamoró de Atilio, amor que los unió hasta la muerte. En el Metro, que en sus primeros tiempos no tenía techo, se practicó “el enganche a locha”, oferta que permitía la entrada de dos personas por el precio de una.

También en El Empedrao de ayer hicieron acto de presencia Daniel y Rosa, esposos que cantaban pasodobles o boleros por una locha y los muchachos les hacían propaganda cuando se acercaban diciendo: “Aquí están Daniel y Rosa, y tengan la lochita en la mano”.

Un acontecimiento en Santa Lucía fue la llegada de la televisión. Amira – en la calle Santa Lucía – fue una de las primeras personas en poseer el novedoso invento que causó sensación, en ella podían ver – con exceso de lluvia – en su imagen: El Show de Víctor Saume y La Media Jarra Musical, programa donde Guillermo Barrera subió el “palo ensebao”, o se podía ver y escuchar las interpretaciones de Alfredo Sadel, el ídolo musical de la época.


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