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III Domingo de Adviento el domingo de la alegría

III Domingo de AdvientoEstamos celebrando el III Domingo de Adviento, llamado tradicionalmente el domingo de la alegría. Es el domingo más cercano a la fiesta de la Navidad y todas las lecturas, nos invitan a pensar en esta actitud de vida que la damos por descontada pero que frecuentemente, en los tiempos que corren, es la gran ausente de nuestras vidas, me refiero a LA ALEGRÍA.

¡Tenemos tantos motivos para estar alegres! El Señor viene. Y, si algo debe proporcionarnos esta Navidad, no son precisamente regalos vacíos de cariño, sino pesebres desbordándose de amor de Dios. Y, por eso, amigos, toda la liturgia de este día es una llamada a sonreír, a cantar las alabanzas del Señor, a poner – en el horizonte de los próximos días - la estrella que nos lleva directamente al encuentro personal y comunitario con Dios.

Aristóteles decía que todos los hombre y mujeres, por naturaleza, buscan la alegría – la felicidad. Pero algunos la buscan fuera, en lugar de buscarla dentro, que es donde realmente se encuentra.

Cuenta una antigua leyenda polaca que vivía en Cracovia un rabino judío llamado Eisik, que tuvo un sueño donde se le revelaba que a la entrada del puente de Praga, que da acceso al castillo real, había enterrado un gran tesoro. Y para allá se encaminó. Al llegar, el centinela no le dejó pasar. El rabino le contó su sueño, y el centinela le contestó que él también había tenido otro sueño de que junto a la estufa de la habitación del rabino Eisik, en Cracovia, había un gran tesoro. Para allá volvió el rabino. Cavó junto a la estufa, y allí estaba el tesoro. ¡Fue a buscarlo tan lejos y lo tenía dentro!

Muchos buscamos la felicidad únicamente en cosas exteriores, y no está ahí. Está dentro de nosotros, en nuestra alma. Decía Lacordaire: «la felicidad es privativa del alma» y la paz interior sólo la puede dar Dios.

La paz interior y la alegría podemos mantenerlas aún en medio de las contrariedades de la vida. Ante las contrariedades, lo primero, dominar el mal humor, la impaciencia, el cansancio. Después no abatirse. Aceptar la contrariedad tal como se presenta. Levantar el corazón a Dios y pedirle ayuda. Saber que toda clase de sufrimiento, unido a la Pasión de Cristo, redime al mundo. Esto es consolador. Pero, además, el que sabe sufrir por amor a Dios, sufre mucho menos. Renunciar a lo que no es posible, es hacer de la necesidad, virtud.

Finalmente, intentar sacar algo positivo de la contrariedad. Hay que vivir con alegría las propias limitaciones. Y saber que la máxima felicidad del hombre está en ayudar a los demás. Escribió el célebre poeta indio Rabindranath Tagore: «Soñé que la vida era la felicidad. Desperté y vi que la vida era servicio. Me puse a servir y descubrí que en el servicio está la felicidad».

Poner nuestras cualidades al servicio de los demás. Te lo agradecerán inmensamente. Y al hacer ellos lo mismo, todos saldremos beneficiados. Cuentan que después de una batalla un soldado quedó cojo y otro ciego. Se pusieron de acuerdo. El ciego cargó con el cojo, y el cojo dirigía al ciego. Con esta solidaridad se podrían hacer muchas cosas.

Una de las cosas que se pueden poner al servicio del prójimo es la simpatía. A esto se le llama «tener ángel». Tener ángel es tener belleza de alma, tener simpatía, bondad, amabilidad, sencillez, saber consolar, saber echar una mano, saber escuchar (para esta belleza no hay prótesis ni implantes).

Procuremos hacer en esta Navidad algo que aumente la felicidad de alguien. Una de las cosas más bellas es ser sembrador de alegría. La alegría es la música del alma. El hombre alegre es feliz y hace felices a los demás. La alegría nace de la paz del alma, de la paz interior, del deber cumplido y de sentirse útil a los demás.

El mayor servicio al prójimo es llevarle alegría. Un semblante sonriente y un alma alegre transmiten felicidad. El que comunica alegría, da ánimos, y dar ánimos es un modo de amar. La mejor manera de amar es pasar por el mundo haciendo el bien. Es lo que hizo Jesucristo.

Lo menos que se nos puede pedir es que seamos amable. La gente necesita amabilidad. Un bello regalo navideño puede ser:

- Una palabra amable y cordial.

- Un semblante afable y acogedor.

- Una actitud bondadosa y afectiva.

- Un gesto educado y cortés.

- Una sonrisa sincera y alentadora.

Pero lo que más ayuda al prójimo es darle afecto, ternura, cordialidad, valorar lo que es, demostrar aprecio e interés por todo valor de las personas que nos rodean. Hay quienes desprecian lo que no pertenece a su mundo, lo que desconocen, lo que ignoran. Esto, además de herir a los demás, rebaja al que desprecia. Él se cree superior, pero demuestra su mezquindad.

El gran guitarrista Andrés Segovia, mundialmente famoso, preguntado qué era para él lo más importante de la vida, respondió: «La bondad». Y la madre Teresa de Calcuta decía: «sean bondadosos. Que todo el que se acerque a ustedes se vaya mejor y más feliz. Bondad en nuestro rostro, en nuestra sonrisa, en nuestra acogida».

La bondad no se hereda. No es cuestión de genes. Se adquiere con la repetición de actos buenos: vencimiento propio, ayudar al prójimo, devolver bien por mal, irradiar paz, alegría, optimismo, etc.

Para vivir alegre y feliz no hace falta tener de todo, sino basta estar contento con lo que se tiene. No es feliz el que tiene mucho, sino al que le sobra todo. Y querer siempre lo que Dios quiere. Los maestros espirituales de todos los tiempos han enseñado que lo que da más paz, tranquilidad y alegría es la perfecta conformidad con la voluntad de Dios: «Querer siempre y en todo lo que Dios quiera y como Dios lo quiera». Quien se siente fiel a Jesucristo goza de enorme entusiasmo cristiano. Comunicar este entusiasmo cristiano, es extender el Reino de Dios en la Tierra.

Por el contrario quien no tiene a Dios, vive una angustiosa soledad. Quien sabe rezar, nunca se encuentra solo. Para un cristiano nunca hay fracaso definitivo. Vivir sin ilusión es vivir con tristeza. Y vivir triste es empezar a morir. Dice la Biblia en el libro del Eclesiástico: «Todos los males nos vienen con la tristeza, y la muerte viene con ella».

Para vivir alegre, procura ser útil a los demás. La mayor felicidad es sentirse útil. Aprovechemos todas las ocasiones para hacer el bien. No dejemos pasar la ocasión. Esta ocasión ya no vuelve a repetirse. Quizás otra sí. Pero ésta no. Ocasión pasada, oportunidad perdida. Procuremos hacer siempre bien todo el que tengamos que hacer. Al menos hacerlo lo mejor que sepamos y podamos. Y hecho esto, la alegría reinará en nuestro corazón.

Para vivir alegres, procuremos no olvidar las cosas pequeñas. El océano está hecho de gotas de agua, y el desierto con granos de arena. Decía San Jerónimo: «En lo pequeño se muestra la grandeza de alma». Todos los santos han dado importancia a las cosas pequeñas. Podemos dar mucha alegría en esta Navidad con pequeños detalles a los nuestros. En saber descubrirlos está la verdadera sabiduría.

Deberíamos siempre pedir a Dios en esta Navidad:

- Valor para cambiar las cosas que puedo cambiar.

- Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar.

- Y sabiduría para distinguir una cosa de otra.

- Pero siempre rezar para que Dios lleve las cosas por buen camino.

- Y finalmente, conformidad con la voluntad de Dios.

Siendo esta meditación la última de este año 2006, deseo a cada uno de los presentes una Santa NAVIDAD y un Nuevo Año 2007 lleno de muchas bendiciones. Terminemos con la hermosa y conocida oración de Sta. Teresa:

“Nada te turbe.

Nada te espante.

Todo se pasa.

Dios no se muda.

La paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene,

nada le falta.

Sólo Dios basta.”

 


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